En febrero de 2026 tuve la oportunidad junto con mi esposa de visitar un pequeño sitio patrimonial en una comunidad rural de Vietnam (aldea Thạch Tân, comuna Tam Thăng), a un par de horas de Da Nang llamado Ky Anh. No era un destino turístico masivo, ni uno de esos lugares que aparecen constantemente en redes sociales o en listas de “imperdibles”. De hecho, probablemente muchas personas que pasan cerca de la zona ni siquiera saben que existe.
Ahí conocimos al señor Tam, el protagonista de esta historia.
Él es quien actualmente administra y guía las visitas en unos antiguos túneles utilizados durante la Guerra de Vietnam. No habla inglés. Nosotros no hablamos vietnamita. Nuestra comunicación ocurrió entre gestos, sonrisas, señas y algunas traducciones improvisadas con Google Translate. Aun así, pocas veces he sentido una conexión tan genuina durante un recorrido turístico.
Y justamente eso me hizo reflexionar mucho sobre algo que llevo tiempo discutiendo en mis clases: el llamado turismo oscuro o tanatoturismo.
Muchas veces, cuando se habla de este tipo de turismo, rápidamente se asocia con el morbo, con la espectacularización de la tragedia o con experiencias superficiales alrededor de la muerte y el sufrimiento. Y sí, claramente existen ejemplos donde eso ocurre. Basta ver sitios donde personas visitan lugares de tragedias recientes únicamente para tomarse una fotografía o generar contenido para redes sociales sin ningún tipo de reflexión o sensibilidad.
Pero esta experiencia en Vietnam me hizo pensar que también existen otros matices.
Porque no siempre se visita un sitio asociado al dolor desde el morbo. A veces se hace desde la necesidad de comprender. Desde la empatía. Desde la memoria histórica.
Y creo que eso cambia completamente la experiencia.
La visita comenzó en un pequeño museo comunitario. Muy pequeño y sencillo, pero profundamente humano. No había grandes montajes tecnológicos ni efectos audiovisuales. Había fotografías, objetos, relatos y memoria.
Memoria viva.
El señor Tam nos explicó cómo aquella pequeña comunidad logró resistir durante la guerra, cómo vivían bajo tierra, cómo organizaban reuniones, cómo manejaban los temas médicos, cómo se comunicaban entre túneles y cómo intentaban sobrevivir en medio de una situación absolutamente extrema. Durante la guerra de Vietnam estte sitio se ubicada a unos 7km del centro administrativo del antiguo regimen y a unos 2km de una base militar estadounidense.
Después de esa introducción, iniciamos el recorrido por dos de los túneles que aún se conservan.
Yo mido 1.86 metros, y honestamente pasar por esos túneles fue complicado. Algunos eran extremadamente estrechos (0.5 y 0.8 m de ancho y poco más de 1 m de altura). Otros estaban parcialmente inundados. Había momentos donde literalmente había que avanzar agachado, casi arrastrándose.
Y justamente ahí es donde uno empieza a entender, aunque sea mínimamente, la dimensión humana de lo que ocurrió.
Una cosa es leer sobre una guerra en un libro.
Otra muy distinta es entrar físicamente en espacios donde comunidades enteras tuvieron que vivir, esconderse, organizarse y resistir.
No fue una experiencia “impactante” desde el espectáculo.
Fue impactante desde la humanidad.
Posteriormente hicimos un recorrido fuera de los túneles, caminando por distintos puntos señalizados con pequeños rótulos interpretativos donde se contaba la historia del pueblo, algunas fechas importantes y distintos acontecimientos relacionados con la guerra y la comunidad.
Uno de los elementos que más me llamó la atención fue un árbol patrimonial (Garcinia Celebica L ) que todavía se conserva en el sitio. El señor Tam nos explicó que durante la guerra era utilizado como punto de observación para vigilar la vía principal y detectar posibles ataques.
Ese árbol sigue ahí.
Silencioso.
Como testigo de todo lo que ocurrió.
Y creo que eso resume mucho de lo que significa realmente el patrimonio: no solamente conservar objetos o infraestructura, sino conservar memoria, significado y territorio.
Otra parte muy especial de la experiencia ocurrió casi al finalizar el recorrido, cuando visitamos a una señora de la comunidad que aún trabaja tejidos tradicionales. Nos mostró cómo realizaba su trabajo y hasta tuvimos la oportunidad de intentarlo nosotros mismos.
Y eso me pareció muy significativo.
Porque el recorrido no se limita únicamente a la guerra. También habla de continuidad, de identidad cultural y de comunidad.
Habla de cómo las personas siguen viviendo después del conflicto.
Pero probablemente una de las cosas que más me impactó fue la actitud del propio señor Tam.
En ningún momento percibí odio.
Ni resentimiento.
Y honestamente eso me sorprendió mucho.
En el pequeño museo había enormes listas con nombres de mujeres que perdieron hijos durante el conflicto. Historias de pérdidas humanas enormes. Dolor real. Dolor profundo.
Sin embargo, el relato del señor Tam nunca se sintió cargado de venganza o resentimiento. Más bien transmitía una especie de serenidad histórica. Una forma muy reflexiva de comprender lo ocurrido, entender cómo el país tuvo que reconstruirse después de la guerra y cómo incluso las relaciones internacionales han cambiado con el paso del tiempo.
Eso también me dejó pensando mucho.
Porque uno podría asumir que sitios así están cargados de confrontación emocional permanente. Pero en este caso encontré algo muy distinto: memoria sin odio.
Y creo que ahí existe una enorme lección.
Al final, esta experiencia me hizo cuestionar muchas ideas sobre el llamado turismo oscuro.
Tal vez el problema no siempre es el lugar que visitamos, sino desde dónde lo hacemos.
No es lo mismo visitar un sitio histórico para intentar comprender la memoria de una comunidad que convertir el sufrimiento en espectáculo.
No es lo mismo acercarse desde la empatía que desde el consumo superficial de tragedias.
Y creo que ahí hay una diferencia ética enorme.
Porque cuando estos espacios son gestionados por las propias comunidades, cuando las historias son contadas por quienes las vivieron o por quienes crecieron entre esas memorias, el turismo puede convertirse también en una herramienta de educación, reflexión y conservación de la memoria histórica.
Más allá de las fotografías, esta visita me dejó algo mucho más importante: perspectiva.
Y quizás esa sea una de las funciones más valiosas que todavía puede tener el turismo cuando se hace con respeto.
Dejo acá abajo la traducción de unos de los infográficos del museo.
"Entre las arenas azotadas por el viento de Tam Thăng, a lo largo de senderos donde las sombras del bambú apenas crecen, el señor Huỳnh Kim Ta recibe cada día a los visitantes de los túneles de Kỳ Anh, donde aún se preservan los recuerdos de una generación marcada por la guerra.
A pesar de ser veterano y no tener formación formal en turismo, relata las historias con una voz cálida y serena, mientras sus ojos reflejan el orgullo de alguien que vivió la guerra. Su capacidad para narrar no proviene de técnicas aprendidas, sino de memorias cultivadas con gratitud y un profundo amor por su tierra.
Hoy, ya en sus sesentas, el señor Huỳnh Kim Ta continúa recibiendo visitantes diariamente, cuidando cada rincón de los túneles como si protegiera una parte de su propia memoria. También se ha convertido en una fuente de inspiración para la comunidad, motivando a los habitantes a rescatar antiguas historias, preservar artesanías tradicionales y construir nuevos medios de vida a partir de los valores culturales de su territorio.
Para él, los túneles de Kỳ Anh son mucho más que un vestigio histórico. Son el alma de este lugar, un hilo que conecta pasado y presente: un espacio donde la llama de la memoria se mantiene viva y se transmite a otros con sinceridad y afecto"
Gracias señor Tam por compartir por compartir su historia, su memoria y su territorio con quienes llegamos desde tan lejos intentando comprender una pequeña parte de lo que ustedes vivieron. Más allá de los túneles, me llevo la lección de que la memoria también puede transmitirse desde la serenidad, la dignidad y la empatía.